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EL PODER DEL CUARTO PODER (o como la gestión urbana de Bogotá puede cambiar por un artículo oportunamente publicado en un medio influyente)

La pasada semana Juan Manuel Santos -presidente de Colombia- le dió dado un tironcito de orejas a Samuel Moreno -alcalde de Bogotá- y le instó a que no continúe jodiendo a los bogotanos (con otras palabras) abriendo las calles de la ciudad en nombre de la prometida movilidad que proporcionaría las nuevas obras del Trasmilenio. Al menos se solicita que se espere hasta que no estén terminadas las comenzadas hace mas de dos años y que tienen a la movilidad de esta ciudad en jaque y a los ciudadanos hasta las narices (lease esta expresión como un elegante eufemismo, ya que intuyo que a los rolos este tema les toca mas la parte genital que la nasal).

Se hace necesario un inciso para definir el Transmilenio como un sistema integrado de movilidad para la ciudad de Bogotá, iniciado durante la alcaldía de Peñalosa y que se materiza mediante buses que tienen sus propias vías y funcionan como si del metro se tratase, basado en el modelo de Curitiba en Brasil, que se hizo célebre a principios de los 90 por ofrecer una solcuión a la movilidad y la integración de espacios verdes, ante un desmedido crecimiento urbano. (no obvien el subtitulo “orgullo capital” para comprender todos los parámetros que se mueven en estos desencuentros)

Desde entonces ha habido varias polémicas por el proyecto, desde las (incumplidas) promesas electorales de metro soterrado de Samuel Moreno, a la controversia que produce la intervención en la séptima y la voz de varios colectivos ciudadanos que han conseguido hacer oír sus reivindicaciones.

Lo revelador de la reacción del presidente es que se produce exactamente cinco días después de que se publicase un artículo en “The Economist” (del que se han hecho eco varios medios locales relevantes) que no tienen desperdicio: una ciudad caótica, insegura, catastrófica, con graves problemas de movilidad y una gestión política desastrosa y populista encabezada por el Sr. Moreno, que ha hecho retroceder el desarrollo de la ciudad que se había iniciado durante los mandatos de los ex-alcaldes Peñalosa y Mockus.

Samuel Moreno se defiende (muy bien que hace) diciendo que el artículo es tendencioso y sesgado.

Personalmente me ha congratulado la llamada de atención (aquí me he puesto fina, también podía decir que me ha dado gustillo), pero me genera una profunda perturbación solo preguntarme cómo y por qué ha salido este artículo, qué o quién está detrás de ello y que intereses lo motivaban pues hay claramente un componente político nada ingenuo en el texto.

Esto contrasta con el ranking de The New York Times considerando a Colombia como el segundo mejor destino turístico del mundo, destacando la ciudad de Bogotá, entre otras (según los lectores que han votado). Aparte de lo banalmente mediático de los rankings mundiales (que me parecen una catetada), es inevitable cuestionarse sobre la inocencia de estas recomendaciones (de la que, por supuesto también se hacen reproducen varios medios locales).

Como veo que corro el riesgo de publicar un post en modo “teoría de la conspiración” tengo que decir que no se hace especialmente referencia a The Economist en medios periodísticos independientes como “la silla vacía”, ni “El Tiempo” , ni siquiera lo hace “El Espectador” en el artículo que trata el tema.

Aún así me consta que no soy la única que intuye, entre aterrada y complacida, una potencial relación entre los hechos: está bien que se ponga un poco de sentido común y visión estratégica a la planificación de la ciudad, pero da mucho miedo pensar en el poder el cuarto poder…


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