MANOS A LA CARBONERA – CICATRICES URBANAS

Derecho a la ciudad, a transformar y a la infraestructura.

Localizado en Bosa, en el barrio Danubio Azul, en el sur-occidente de Bogotá, se encuentra “La Carbonera”: un amplio espacio deportivo –más considerado así por su uso, que por su definición infraestructural- inmerso en un heterogéneo contexto de bodegas de reciclaje e industriales, barrios informales, nuevos conjuntos cerrados de casas y apartamentos de 3, 6 y 20 pisos; donde algunos de los más reconocidos conflictos urbanos alcanzan su máxima expresión; un vacio urbano, verde, conflictivo y atractivo espera ser recuperado.

Este espacio que está definido por la adición “disfuncional” de usos: cancha de fútbol, parque, basurero, chirriadero y hasta hotel, evidencia algunas de las contradicciones presentes en tantos lugares de la ciudad; es así que con su aspecto intimidante en algunas horas del día, y con su invitación a los transeúntes para parar y descansar a otras, La Carbonera se debate entre el consenso y el disenso, entre el miedo y lo lúdico, entre el huir y el estar, generando así una cotidianidad de i-lógicas confrontadas que invitan al  encuentro, a la conspiración o, simplemente,  a parchar y a pegarlo.

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Es este potencial el que identifica el colectivo “Golpe de barrio” como escenario donde la ACCIÓN DIRECTA y LAS RESISTENCIAS URBANAS –a través en principio del hip hop, luego de la arquitectura y sobre todo de la autogestión colectiva- se convierten para los ciudadanos, en herramientas que  reclaman el derecho a la ciudad en medio de un espacio público  tomado por el miedo y la basura.

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Con la excusa de la tercera edición del festival de artes urbanas Golpe de Barrio, subtitulado “Crónicas de calle”, varios colectivos nos unimos para trascender tarimas y rimas, transformando la realidad a través del verso y de la acción directa en el territorio, en una suerte de freestyle colectivo. Se trata de dar un golpe real al barrio, un golpe donde las cabezas y manos de los participantes en el proceso se movían más allá del bit y transformaban el ¨basurero¨ y el ¨chirriadero¨, ese lugar de todos y de nadie, en un escenario cultural-cancha-espacio de encuentro e intercambio a cielo abierto.

Durante 5 meses en jornadas preestablecidas se estuvo trabajando en la formulación y materialización de diversas formas de apropiación de un territorio conflictivo, que también buscaban modificar imaginarios espaciales del lugar desde los vecinos. Las materias primas fueron –además de la desconfianza hacia las acciones que el estado puede suponer como una mejora cualitativa de nuestra ciudad- llantas, cemento, pintura, madera, música y una cantidad de brazos amigos que, de lleno o intermitentemente participaron en la renovación de La Carbonera.

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De bote por el barrio, de bote por la ciudad, Imaginando el parque y Manos a la carbonera, fueron los nombres de algunas visitas, acciones y recorridos, planteados como excusa para un trueque de saberes, intuiciones y percepciones territoriales.

Mediante talleres participativos de diseño, se convino ejecutar un modelo de mobiliario urbano desarrollado colectivamente a través de autoconstrucción física, partiendo de llantas en desuso: una suerte de recurso-residuo fácil de encontrar en la zona y  cuya falta de gestión desde los gobiernos públicos, provoca situaciones conflictivas en lo social y medioambiental.

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La lógica del proyecto partía del bajo presupuesto, por tratarse de una intervención autogestionada y con  vocación de replicabilidad.

Este mobiliario se materializa en un dragón de tres cabezas que emerge de las profundidades del lugar. Y la acción se complementa con una intervervención conformada por múltiples intervenciones en los muros del perímetro: una especie de sinfonía de lo gráfico en el que varios parches ponen a dialogar sus lenguajes y sus mensajes.

Se trata de una metáfora que bien podíamos trasladar a esta nueva forma de entender la organización colectiva: táctica, funcional, puntual, rápida, precisa y con un nivel de planificación justa para aprovechar el caos y para permitir la flexibilidad y la adaptabilidad. En resumen, el freestyle.

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Este proyecto nos permite explorar la cultura (arquitectura, música, etc.) como forma de organización colectiva por encima de la generación de productos. Los colectivos involucrados en la acción gestionan recursos y apoyos; mientras la entrada intermitente de la institución  en el proceso, genera ciertas incomodidades y cuestionamientos: ¿entra la institución como un agente de freestyle más?;  ¿Queda la acción colectiva, en parte cooptada?

Frases  de algunos de los protagonistas como: “La institución es una promesa incompleta” o  “la autogestión es por algunos”, puede dar noción de la forma en que se desarrolló el proceso, que permeado por la espontaneidad, el freestyle y una baja definición de roles en red colaborativa, permitió ejecutar esta intervención al mejor estilo callejero.

“Y de repente, allá, al otro lado de lo real, un cuerpo empieza a moverse en el parque, en la esquina, en la cancha, y una voz empieza a rapear con toda la potencia de su desesperación, de su rabia, de su marginalidad: la voz del poeta que conecta con el misterio, con la otredad, con la cara oculta de la realidad… Me gusta verlos en parche, siempre juntos, tragándose la ciudad como nómadas antiguos desplazándose por la estepa o como monjes zen recién rapados. En una época que hace la apología de la individualidad, del triunfo solitario, del éxito personal, ellos nos dan una lección tremenda: solo no eres nadie, no existes, no aguantas y terminarás reventándote. Lo único que te puede salvar es la tribu, los tuyos, tu ejército…” M. Mendoza

by territorios luchas

 

 

 

 

 

 

Creditos Fotograficos: Axp, Territorios Luchas, Hosman Huertas.

 

Agradecimientos: Vecinos, Golpe de Barrio, Monstruación, Territorios Luchas, La Redada, La Muchachada, Bosa Boys Crew, La Pola Social,  Gabi, Paula, Gononea, pinturas Tito Pabón y a todxs lxs  que participaron, creyeron y se pintaron las manos en la Carbonera!